martes, 11 de junio de 2013

¡CRÓNICAS! ¡CRÓNICAS! ¡MUSE!

Hace mucho que no hago esto en el blog y, la verdad, es algo que no entiendo. Porque mira que me gustaba a mí liarme la manta a la cabeza y contarvus las cosas guays que hago los fines de semana.

El viernes pasado, por ejemplo, fui al concierto de MUSE. Me invitaba mi amiga la Mari, que hace seis meses ya me amenazó con la entrada. Y sí, fue una amenaza: "¡Churri! ¡He comprado entradas para que vayamos a ver a MUSE!"
Yo le puse cara así muy de Regina George, pero como me lo dijo por Whatsapp no la vio y se perdió la gracia.

Me he pasado seis meses diciéndole que yo por mí bien, que yo voy; pero que si encontraba a alguien que le hiciera más ilusión y los conociera más que yo (cosa no muy difícil, sólo me sabía medio estribillo de una canción) pues que lo aprovechara porque lo iba a disfrutar más.

Pero nada, que no me libré.

A las 19:00 de la tarde estaba yo esperando en Plaça Catalunya viendo a la gente ir y venir y la Mari que no aparecía. Me fijé en 2 cosas que vale la pena reseñar: BARCELONA ESTÁ LLENA DE TÍOS BUENOS. Y son gays.
Por desgracia no podía ponerme yo a ligar y además iba vestido en plan hetero (ya sabéis, camuflaje). Apareció la Mari y nos fuimos a la terraza del Universitari a tomarnos un gin-tonic. Pero a la Mari le entró la paranoia de que si bebíamos luego cuando nos fumáramos el porro durante el concierto nos iba a dar un chungo.

Es que se le ocurrió una idea genial: como ella se las conoce todas (las canciones) y yo no me conocía ninguna, qué mejor que colocarnos para que ella tuviera, directamente, un orgasmo y yo no me aburriera.

Así que nos bebimos unas claras mientras nos poníamos al día, luego compramos algo de comer en un 24 horas random y cogimos un taxi para ir al Estadi Olímpic. Charlamos con el taxista un poco. El típico: "¿Hay concierto hoy?" "Sí, de los MUSE" "Pues no sé quiénes son" y ahí entré yo: "Unos pesaos. Yo voy obligado."

Total que llegamos cuando los teloneros ya estaban sonando. Nos comimos la mierdi-cena y nos bebimos las mierdi-claras antes de entrar mientras hablábamos de sexo con desconocidos y la pareja que se puso a nuestro lado en ese parque se escandalizaba; y nos fuimos p'adentro.

Y, cómo no, entramos por el lado del estadio que no tocaba pero ¡da igual! Las pérdidas en el Olímpic se hacen más llevaderas con una jarra de cerveza en la mano.

Cuando empezó el concierto tocaron esa que abre el último disco y que es la forma que tiene MUSE de llamar la atención de la Broccoli para que los contrate y hagan una canción Bond. A la segunda o tercera canción fui a mear. Y al volver nos fumamos el porro.

Y ENTONCES MI VIDA CAMBIÓ.

Fue darle una calada... ¡UNA! Y mi mente se fue de viaje. La Mari de vez en cuando me decía cosas y yo sólo podía responder: "No estoy aquí ahora mismo". Las canciones ni puta idea de cuáles eran, sólo conocía Panic Station (que es de la que me sabía medio estribillo, complicadísimo de aprender: "Uuuuuuh... 1, 2, 3, 4, fire in your eyeeeeees").
Pero las cosas que sentí fueron absolutamente épicas.
Ahora voy a hacer una crónica del concierto que será como si le dices a tu abuela que te explique la última temporada de Battlestar Galactica después de tomarse un tripi. Avisado estás.

Digamos que había una realidad. Y yo estaba en ella. Y mi mente, de vez en cuando, también. Generalmente eso ocurría entre canción y canción. Pero entonces empezaban a tocar y mi mente se iba. Empezaba a montarme películas cada vez más y más absurdas, involucrando desde el técnico de luces hasta la pareja de novios que se acababan de dar un beso; pasando por los rusos que charlaban a gritos justo detrás nuestro a la mujer que tenía detrás y que cada vez que se giraba me tocaba la espalda con el bolso y yo pensaba que me estaba metiendo mano.

Lo de Follow Me fue apoteósico y cuando el bajista se puso a cantar Save Me os juro por lo más sagrado que me sentí violado. Lo gracioso es que ahora escucho la canción y no comprendo cómo pude ponerme tan cachondo.

Pero es que cada canción era una película en mi cabeza y cada una me hacía sentir una cosa diferente. Con Madness sentía el amor infinito, con Knights of Cydonia tenía unas ganas tremendas de salir corriendo a dominar el mundo. Por momentos me sentía invencible, al rato tremendamente vulnerable.

Incluso viví un momento de iluminación espiritual cuando vi que una parejita se iba a unos asientos más íntimos para arrimarse bien mientras sonaba una lenta-random y ahí estaba yo imaginándome que estaban viviendo una historia de amor prohibido (al padre de ella nunca le gustó un chico como él para su pequeña), que se conocieron en un bar muy chungo de Marina justo cuando sonaba esa canción y desde entonces eran inseparables aunque en cualquier momento uno de los dos moriría.

Por suerte antes de que muriera nadie mi mente hizo otro looping y se fue directamente a pensar en otra cosa.

Al final, cuando acabó todo, me quedé con ganas de más. Bajamos a Plaça Espanya como se baja después de un concierto en el Olímpic: haciendo manifestación. Más gente ahí que en una de la PAH. Y luego encuentra un taxi. O un metro. Porque no nos decidíamos. Que si yo tengo hambre. Que si yo no. Que si vamos a tu casa. Que si vamos a comprar a un paqui. Que si aquí no hay paquis. Que si al lado de tu casa. Que si no. Que si vamos al metro. Que si estará lleno. Que si cogemos un taxi. Que si mejor el metro. Que si mejor el taxi. Que si tengo una empanada gallega en mi casa, cómetela. Que si ¡cómo me la voy a comer si es tuya!

Lo de esa noche y lo del día siguiente, espachurrados en el sofá de la Mari viendo la tele y recuperándonos del concierto (a base de comer y fumar -más-) fue, como expresó mi queridísima amiga en una frase magistral: "Es que... es que... qué desequilibrio!!!"

Lo del cepillo eléctrico del Mercadona que se caía a pedazos y no hubo manera de cambiar ya os lo cuento otro día.

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